martes, 7 de julio de 2026

La caja de música

El cuerpo humano es tan complejo que después de siglos estudiándolo aún nos cuesta comprender su funcionamiento. Aunque yo personalmente siempre fui muy malo en ciencias, por lo que mis conocimientos de biología son bastante escasos. Y por mucho que me esfuerce (tampoco me va la vida en ello) hay cosas que no entiendo y nunca dejarán de fascinarme.

El otro día estaba escuchando música, después de mucho tiempo sin hacerlo, y decidí reproducir una canción que hacía muchos años que no escuchaba. Sonaron los primeros acordes y mi menté cambió por completo. Era 2012, estaba en la ducha, y de fondo sonaba esa canción, una de mis favoritas en esa época. Comienza la música y mis labios se despegan, cantando una letra que me sabía de memoria, a pesar de no haberlo hecho en años. Porque el cerebro no borró nada, simplemente lo guardó en un cajón, esperando el momento para volver a abrirlo. Y en ese momento supe por qué llevaba tanto tiempo sin escuchar música, por qué hay acordes que me hacen llorar, por qué me cuesta tanto volver a escuchar algunas canciones.

Puse otra canción diferente y volvió a pasar. De repente tenía 16 años, estaba paseando por el monte, con un móvil viejo lleno de canciones, y la única compañía del viento otoñal y algunos animales. Subí a lo alto de una colina y me quedé allí sentado, mirando al vacío, dando vueltas a cosas de las que llevaba mucho tiempo intentando huir. Escuchar esa canción ahora me hace rememorar una escena muy concreta, muy real, porque era esa misma canción la que estaba sonando en aquella colina una de las primeras veces en las que se me pasó por la cabeza quitarme de en medio. Decidí, sin ser consciente de ello, guardar ese recuerdo y olvidarme de todo aquello después de varios años de terapia. Pero lo que no sabía era que el mismo mecanismo de defensa que utilizaba para evadirme de todo, también era la llave para abrir esos cajones que pensé que había cerrado, la música.

Supongo que hay mil maneras de definir cómo funciona el cerebro humano. Para mi es como una caja de música gigante llena de cajones, desordenados y sin seguir ningún patrón. Perdí las llaves de algunos de esos cajones hace tiempo, pero no sabía que tenían forma de canción, que una melodía de piano o una estrofa podían conseguir transportarme a recuerdos que en algún momento creí haber borrado. Y supongo que esa es la razón por la que cuando paso una mala racha me alejo de la música, el miedo a recordar cosas de las que era más fácil huir en vez de enfrentarme a ellas.

Pero no todos los recuerdos son malos, la música también ha estado siempre presente en momentos felices, lugares especiales a los que me gustaría regresar, y personas que son hogar y reconfortan cuando no encuentro mi lugar. Sé que sueno exagerado, que es un tema demasiado personal y probablemente a cada uno le afecte de una manera distinta. Tampoco es mi intención regodearme en ese sentimiento, pero hablar de ello (escribir, en este caso) me ayuda a evitar que muchas cosas estén simplemente en mi cabeza, y se hacen más pequeñas y llevaderas cuando las comparto.

Quizá es el miedo a una recaída lo que me lleva a hablar de todo esto, el pensar que por una mala racha puedo volver a una depresión de la que me costó años salir, y eso es algo que a cualquier persona le aterra. No puedo borrar todo lo que he hecho y vivido en el pasado, pero sí puedo seguir aprendiendo de ello, asumiendo que los recuerdos son solo eso, y que olvidar solo ayuda a evadirse temporalmente, pero sanar requiere aceptar lo que uno fue y es.

Y sí, toda esta marabunta de emociones y sentimientos que he intentado expresar lo mejor posible han salido a flote por una simple canción. Porque la caja de música tiene vida propia, y eso es lo que la hace especial y única, todos tenemos la nuestra.

Sé que este artículo es difícil de entender, como cualquiera con tintes personales. Me es más fácil escribir diez artículos sobre política y sociedad que uno sobre mis propios sentimientos. Pero no deja de ser un blog personal que utilizo como cajón desastre, y mis escasas pero fieles lectoras y lectores lo sabéis muy bien. Al fin y al cabo, escribir no deja de ser une ejercicio terapéutico que ayuda a esclarecer el batiburrillo de pensamientos que se mezclan en nuestra caja de música. 



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