¿Os acordáis de aquella frase que tanto escuchábamos de adolescentes? Estudia para poder tener un buen futuro. Ahora mismo hay millones de personas con estudios superiores que no pueden acceder a una vivienda. Con trabajos en los que tener títulos e idiomas ya no es un plus; es lo mínimo para cobrar el mínimo.
El esfuerzo no se valora, es más, si haces bien tu trabajo la recompensa será más carga de trabajo, pero bajo las mismas condiciones. El único incentivo que recibes es el de no ser despedido (faltaría más) y todo ello para llegar a tu piso compartido con otras tres personas a reflexionar por qué el coste de la vida sube tres veces más rápido que tu salario.
El precio de la vivienda lleva 12 años aumentando de forma ininterrumpida. Para poneros en contexto, comparando los datos del 2014 con los del 2026, el precio medio del alquiler en España ha aumentado más de un 100% (en lugares como Barcelona, Madrid o Baleares incluso 150%), y el precio de compraventa alrededor de un 90%.
En cuanto a los salarios, podéis haceros una idea. El salario medio ha incrementado poco más del 30% estos últimos años, tres veces menos que el precio de la vivienda. Pero no os preocupéis que siempre habrá alguien diciendo que si no podéis independizaros es porque pagáis una suscripción mensual a plataformas de streaming, y no porque la especulación inmobiliaria esté echando a las vecinas de sus barrios.
Si eres joven no solo tienes que enfrentarte a este problema (que por desgracia afecta a gente de todas las edades), sino que además parece que no tienes derecho a manifestar tu enfado por ello. Cada vez que alguien de mi generación se queja de las condiciones laborales o de vida aparece alguien a recriminar que los jóvenes de ahora no aguantan nada y que antes se trabajaba a los 14 años. Bueno, quizá es que pedimos demasiado queriendo que cada vez la gente pueda vivir mejor y tener derecho a una salud y un techo bajo el que dormir, no creo que romantizar el trabajo infantil sea lo más coherente.
Pero no todo está perdido, en los últimos años, y probablemente condicionado tras la pandemia, ha crecido una oleada de preocupación en el sector de la hostelería, que cada vez tiene más dificultades para encontrar trabajadores en época estival. Aunque yo no conozco ningún bar o restaurante que cumpla el convenio, tenga buen trato y se queje de falta de personal, todo lo contrario.
Nuestra generación ha dicho basta en uno de los sectores más precarizados y que más se ha aprovechado habitualmente de la necesidad de los jóvenes. Cada vez más explotadores tienen dificultades para encontrar a alguien que trabaje sesenta horas semanales con un contrato de ayudante. Porque esa es otra: si estás en barra eres ayudante de camarero, si estás en cocina ayudante de cocina. ¿A quién se supone que ayudas si nadie tiene contrato de camarero ni cocinero? Ya está bien de haceros de oro a costa de la precariedad.
Ninguna generación lo ha tenido fácil, y lo verdaderamente triste es eso, que cada vez hay más herramientas que nos pueden facilitar la vida y nunca se utilizan para ello. Con la vivienda pasa lo mismo, grandes fondos buitre y especuladores que utilizan un bien básico para especular, que compran para invertir, mientras miles de familias llegan ahogadas a fin de mes sin tener un techo garantizado.
Las empresas se aprovechan de la situación, las instituciones públicas se encogen de hombros, y nosotros utilizamos la poca energía que nos queda en debatir sobre a qué generación le cuestan más las cosas. La situación actual es insostenible, y por eso más que nunca debemos organizarnos, porque parece que una vez más las instituciones nos han abandonado a nuestra suerte. Ya no basta con salir a la calle un par de veces, hay que paralizar todo el país si es necesario, demostrar que sin nuestra fuerza de trabajo las organizaciones y los oligarcas no son nada.
Ninguno de los derechos que tenemos a día de hoy se consiguió pidiendo las cosas por favor. Y hasta que no entendamos que este problema es colectivo no conseguiremos ningún avance.
Imagen: Manel Fontdevila
